Tan pronto
como dejamos el bar comenzó a llover, como si el cielo supiera lo que se venía
en esa tarde de otoño. Había visto esta escena tantas veces en las películas de
la hora de once cuando era niña. Ahora me tocaba a mí. La escena en la que todo
se va a la mierda, porque aunque tenemos el corazón invertido no podemos
concebir la idea de las ataduras, y entonces decidimos echar todo por la borda.
A estas alturas qué importa, el mundo no vale nada y ya nos hemos acostumbrado
a que así sea.
Caminamos
en silencio, como procesión de funeral, sabiendo que una vez que tuviéramos que
hablar sería para decir adiós. Cinco largas cuadras entre nosotros y el final
de lo que en algún momento pareció ser una buena idea, el acuerdo perfecto.
Comenzamos
como amigos, compartíamos las mismas locas ideas sobre la vida y el amor y el
universo. Hartos de los convencionalismos decidimos romper con ellos y
lanzarnos a la aventura de la vida sin importarnos el qué dirán. Ambos sabíamos
que nuestros días estaban contados, pero qué son los días cuando el tiempo es
relativo y el espacio se expande y se contrae como un elástico.
Nos
saltamos todas las reglas, jugamos con los por ahora y los para siempre, fuimos
felices en un mundo lleno de miserias, nos reímos de los otros y sus seños
fruncidos, escalamos sobre las construcciones carcomidas de lo deberíamos haber
sido según nuestros padres. Ahora que estamos en la cima, el miedo a saltar nos
paraliza y decidimos bajarnos del pedestal.
Lagrimas,
besos, abrazos. El pegamento del adiós, para que no se rompa en el camino a
casa. Porque sabemos que somos cobardes y preferimos el hielo de la distancia
que el fuego infinito de un mañana juntos.
“No nos
perdamos” fueron tus ultimas palabras. Cómo perderse si nunca nos hemos
encontrado.