Tuesday, August 21, 2012

La escena del adios


Tan pronto como dejamos el bar comenzó a llover, como si el cielo supiera lo que se venía en esa tarde de otoño. Había visto esta escena tantas veces en las películas de la hora de once cuando era niña. Ahora me tocaba a mí. La escena en la que todo se va a la mierda, porque aunque tenemos el corazón invertido no podemos concebir la idea de las ataduras, y entonces decidimos echar todo por la borda. A estas alturas qué importa, el mundo no vale nada y ya nos hemos acostumbrado a que así sea.
Caminamos en silencio, como procesión de funeral, sabiendo que una vez que tuviéramos que hablar sería para decir adiós. Cinco largas cuadras entre nosotros y el final de lo que en algún momento pareció ser una buena idea, el acuerdo perfecto.
Comenzamos como amigos, compartíamos las mismas locas ideas sobre la vida y el amor y el universo. Hartos de los convencionalismos decidimos romper con ellos y lanzarnos a la aventura de la vida sin importarnos el qué dirán. Ambos sabíamos que nuestros días estaban contados, pero qué son los días cuando el tiempo es relativo y el espacio se expande y se contrae como un elástico.
Nos saltamos todas las reglas, jugamos con los por ahora y los para siempre, fuimos felices en un mundo lleno de miserias, nos reímos de los otros y sus seños fruncidos, escalamos sobre las construcciones carcomidas de lo deberíamos haber sido según nuestros padres. Ahora que estamos en la cima, el miedo a saltar nos paraliza y decidimos bajarnos del pedestal.
Lagrimas, besos, abrazos. El pegamento del adiós, para que no se rompa en el camino a casa. Porque sabemos que somos cobardes y preferimos el hielo de la distancia que el fuego infinito de un mañana juntos.
“No nos perdamos” fueron tus ultimas palabras. Cómo perderse si nunca nos hemos encontrado.